
Los niños de Fort Portal terminan de comer y se arrodillan. Dan las gracias a las profesoras y a las cocineras, y no se levantan de la mesa hasta que un adulto les da permiso. A Alba Ángel esa escena la marcó más que cualquier otra cosa de las tres semanas que pasó en Uganda: «A mí eso fue un impacto que, vamos, no te lo puedo ni decir, la pechá de llorar que nos hemos metido después», recuerda.
Alba Ángel, Sara Navarro e Inma Ortega, las tres vecinas de Cañete la Real, viajaron este verano a Fort Portal, una localidad rural situada a seis horas de Entebbe, la antigua capital colonial de Uganda. Lo hicieron a través de la organización internacional Cooperating Volunteers, dentro de un proyecto de educación infantil llamado ‘Itwena’, que en rutooro, el idioma local, significa «juntos». Durante trece días trabajaron con 30 niños y niñas de entre 2 y 12 años en situación de vulnerabilidad, para muchos de los cuales el desayuno y el almuerzo del proyecto son la única comida del día.

Un proyecto que empezó buscando algo más que turismo
Las tres amigas llevaban tiempo queriendo hacer voluntariado. Sara e Inma se dedican a la docencia; Alba es abogada, aunque, según cuenta, «me encantan los niños». Al buscar asociaciones descartaron otros destinos como Zanzíbar o Kenia por considerarlos «más destinados también al turismo».
«Nosotras fuimos a Fort Portal, que es como una ciudad más pequeñita (…) era más tanto conocer la cultura, un más tú a tú con la población», explica Alba Ángel. La propia organización les confirmó que Uganda era la opción que mejor encajaba con lo que buscaban: inmersión real, no una experiencia turística.
La jornada en el proyecto Itwena se desarrollaba de 9:30 a 13:30. Las voluntarias daban clases de números durante la primera hora y media, mientras otras compañeras enseñaban letras en español e inglés. Después llegaba el desayuno, casi siempre un té acompañado de un plátano o un trozo de pan. El resto de la mañana lo dedicaban al juego: aviones de papel, pompas de jabón, puzles y balones hechos, en ocasiones, de coco.

De Cañete la Real a Fort Portal: sorteos para financiar el viaje
Antes de partir, las tres organizaron sorteos en su pueblo para recaudar fondos. Vendieron papeletas para una cesta y, según relata Alba Ángel, «tanto el pueblo de Cañete como alrededores, aquí en Málaga, se ha volcado muchísimo».
Con el dinero reunido confeccionaron a mano unas 700 compresas reutilizables para higiene menstrual, una idea surgida tras ver el testimonio de otro voluntario que ya había estado en la zona y que alertaba de que la falta de estos productos «paralizaba la vida» de muchas jóvenes ugandesas cuando les llegaba el periodo. Inma Ortega, que recibe clases de costura, coordinó su confección junto a su profesora.
Ya en Uganda, y siguiendo la recomendación de la propia organización de comprar sobre el terreno para apoyar el comercio local, adquirieron zapatos, mochilas, material escolar y juguetes. También compraron, junto a la coordinadora local del proyecto, sacos de arroz y de alubias y productos de limpieza para las familias más necesitadas. El dinero sobrante se destinó a otros proyectos de la zona, entre ellos la compra de un terreno para cultivo con el que la comunidad pueda generar su propia cosecha de alimentos.
«Terminan de comer y se arrodillan a las profesoras y a las cocineras y le dicen «gracias por la comida», y hasta que no les dice la profesora de nada, no se levantan»

Zapatos medidos con una hoja de palmera
La falta de medios obligó a improvisar soluciones. Como los niños del proyecto iban descalzos y no tenían forma de medirles el pie, las voluntarias recurrieron a un método artesanal: «Cogíamos literalmente una hoja de palmera, y con la hoja de palmera les fuimos midiendo más o menos los pies», relata Alba Ángel. Con esa medida improvisada, y clasificando después por edad y altura, consiguieron comprar unos Crocs para cada niño y una mochila para quienes no tenían.
El choque de realidad
Alba Ángel reconoce que llegaron preparadas por lo que habían visto en redes sociales y televisión, pero que nada se acercaba a la realidad del terreno. «Hay mucha más pobreza de la que vemos, hay mucha más necesidad», resume. La dieta habitual del grupo se limitaba a aguacate, tomate y huevo; comer carne, según describe, era poco frecuente entre la población local.
La esperanza de vida en la zona ronda los 60 años, un dato que, según Alba, explica en parte el respeto que observaron hacia las personas mayores. En uno de los proyectos vecinos, los niños se arrodillaban ante una mujer de unos 70 años como muestra de deferencia. «A veces echa en falta también eso aquí en España, un respeto hacia los mayores», reflexiona.
También le sorprendió la autonomía de los más pequeños: niños de apenas dos años bajaban escaleras con té hirviendo sin derramar una gota, algo que en España, apunta, «son niños dependientes, se lo hacemos todo».

Repetir la experiencia, con más tiempo
Las tres coinciden en que trece días se quedaron cortos. «Nos ha parecido corto», admite Alba Ángel, que ya baraja volver a Fort Portal, esta vez con una estancia más larga. Recomienda la experiencia sin reservas: «Que no se asuste, que no hay ningún tipo de miedo, no pasa nada. La gente es muy amable, muy cariñosa (…) si ellos tienen poco, lo poco que tienen lo comparten contigo».
Al margen de las carencias materiales que documentaron durante su estancia, la voluntaria se queda con una idea que repite varias veces a lo largo de la conversación: «Me han dado más a mí ellos que lo que hemos podido aportar nosotras».




