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Álvaro Corrales, el policía nacional de Antequera que sobrevivió a 20 años de adicción

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Álvaro Corrales, policía nacional de Antequera, comparte su lucha contra 20 años de adicciones que lo llevaron a tocar fondo durante la pandemia, sobreviviendo a sobredosis, hospitalizaciones y episodios de violencia, para reconstruir su vida gracias a la rehabilitación, el apoyo familiar y su vocación de ayudar a otros, siendo un ejemplo de superación

Aunque nació el 22 de abril de 1986, cada 18 de octubre Álvaro Corrales Rodríguez celebra un cumpleaños muy especial: el de su nueva vida. Lo hace desde hace cuatro años y medio, tras conseguir salir de los infiernos en los que se vio arrastrado por culpa de la adicción y el consumo de drogas.

Durante 20 años, este antequerano ha sido protagonista de una auténtica película de terror, pues apenas tenía 13 años cuando comenzó a consumir hachís y alcohol y solo 16 cuando empezó a tomar cocaína. “Empecé a consumir muy fuerte desde primera hora. La cocaína me destrozó la cabeza nada más probarla. A partir de ahí no paré de meterme en líos, me expulsaron del instituto y hacía todo lo posible por conseguir dinero”, rememora.

Contra todo pronóstico, no abandonó sus estudios, cursó Bachiller y tras dos años en los que deja de consumir cocaína y solo toma alcohol, logró sacarse las oposiciones de Policía Nacional. “Estuve sin consumir cocaína hasta que aprobé. Evidentemente, sabes que te hacen pruebas para entrar, y por miedo consigues parar, una cosa muy común en la adicción, el poder hacer un parón cuando tienes algo a la vista que sabes que no es compatible con el consumo”, relata.

El declive

Sin embargo, cuando tuvo vía libre, retomó el consumo de cocaína.  Fue a partir de entonces cuando comenzó a malvivir en su primer sitio de destino: Valencia, donde tuvo que buscarse la vida de mil maneras, haciendo horas extras en otros trabajos, porque no le daba el dinero. “En una noche podía llegar a gastar mil euros. Con un sueldo normal de un policía no se puede llevar esa vida. Quitando la heroína, que gracias a Dios no la llegué a tocar, consumí todo tipo de drogas”, recuerda. Su etapa allí terminó pensando que, cambiando de destino, dejaría atrás esa vida y sería capaz de empezar de cero. Este cambio se vio forzado por comenzar a tener problemas derivados del estilo de vida que llevaba.

Tras su paso por la capital valenciana, se mudó a Ceuta, donde tocó fondo en el año de la pandemia. “Empecé a darme de baja y como no podía salir de casa, el consumo se me fue de las manos totalmente. Llega un momento en el que entras en brote psicótico, no sabes ni dónde estás, ni qué día es, no sabes ni lo que haces ni dices”, detalla.

«Un día pasé media noche con una pistola puesta en la cabeza con ganas de pegarme un tiro»

El despropósito era tal, que terminó viviendo en su piso rodeado de suciedad y descuidando totalmente su higiene y su aspecto, víctima del efecto devastador de las drogas. También perdió muchísimo peso y se quedó hecho un “un saco de huesos”.

su pareja le dejó y destrozó a su familia, que tras muchos intentos lo dieron por perdido. Aún recuerda con dolor episodios tan lamentables como el día en el que agredió a su hermana cuando ella tan solo le tendió una mano para ayudarle a salir del pozo en el que se encontraba. “No se me olvida, el día 24 de diciembre de 2020, le pegué una paliza a mi hermana para echarla de casa y así poder seguir consumiendo”, lamenta. Y a partir de ahí ya perdió la cabeza. “Mi perfil era muy malo: agresivo, destructivo. Me embriagaba el poder y durante un tiempo me creí falsamente muy poderoso. Fue entonces cuando más daño hice a los demás y a mí mismo, sobre todo”.

En el plano laboral, no llegaron a expulsarlo del cuerpo de policía, pero sí lo pasaron a la situación de segunda actividad revisable: apartado del servicio y bajo control. “Esta medida se concede en situaciones en las que existe una enfermedad de la que se prevé recuperación. En mi caso, por mi edad, se consideraba que era joven y que tenía capacidad para remontar y volver al servicio activo. Me llamaban, tenía que pasar controles y presentar informes favorables del centro de recuperación. me advertían de que, en el momento en que diera positivo, me jubilarían”, explica.

Su mera existencia perdió todo el sentido, hasta tal punto que sufrió varias sobredosis, entraba y salía del hospital constantemente e intentó quitarse la vida varias veces. “Un día pasé media noche con una pistola puesta en la cabeza con ganas de pegarme un tiro, pero no fui capaz”, cuenta.

«Le pegué una paliza a mi hermana para echarla de casa y así poder seguir consumiendo»

La recuperación

Tras un sinfín de idas y venidas, un día decidió decir hasta aquí. Pero el camino no fue fácil. En su proceso de recuperación, tuvo que ingresar hasta en ocho ocasiones en distintos centros de rehabilitación de Málaga, Jerez y Sevilla. 

“En el centro, a medida que te vas recuperando y tu mente se va recuperando, tomas conciencia de todo lo que habías pasado, lo que habías sufrido y el daño que tenías hecho. El papel de la familia es muy importante a la hora de recuperarte, porque te recuerda y te hace ver cosas que en tu cabeza han pasado de otra manera o no han sido como crees. Empiezo a recapitular cosas y digo: Dios santo tío, qué he hecho yo con mi vida».

A los dos años y medio, gracias a su fuerza de voluntad y al apoyo inestimable de su familia, consiguió al fin recuperarse en Málaga. Para terminar su tratamiento, estuvo ayudando a un buen amigo en su clínica como monitor terapéutico, etapa que acabó de hacerle ver la importancia de implicarse y ayudar a quienes necesitan ayuda y la cual le preparó para afrontar su vida laboral de nuevo.

En noviembre de 2023 se incorporó a trabajar en Antequera, tras pasar los exhaustivos controles que le hacen en la dirección de la Policía Nacional.

Álvaro también ha retomado los estudios. “Hice cursos de neuropsicología, gestión emocional… y terminé cursando un máster en adicciones. Me preguntaba: “¿Cómo alguien como yo, con la educación que he recibido y con la familia que tengo, pudo llegar a convertirse en lo que me convertí? ¿Qué ocurrió durante todos esos años? ¿Qué pasa en la mente para llegar hasta ahí? Al final, el conocimiento hace que entiendas muchas cosas”.

En la actualidad se está sacando la carrera de Criminología y aspira a ser funcionario en la Unión Europea, aunque por ahora su destino es Antequera. 

Ejemplo de prevención y superación

Paralelamente, imparte charlas de prevención en los colegios y tiende su mano a todo aquel que lo necesita. También colabora con asociaciones de Policía y Guardia Civil para la prevención del suicidio. “He pedido perdón a mucha gente y creo que una de las formas más bonitas de reintegrarse en la sociedad y aportar algo es ayudar a los demás”.

Su propósito: terminar con el estigma del adicto. “No somos ni unos viciosos, ni unos sinvergüenzas ni nada por el estilo, somos enfermos que no podemos elegir hacer otra cosa cuando estamos en activo”.

Además de darle visibilidad a esta enfermedad que puede pasarle a cualquiera, independientemente de su clase social, trabajo o estatus económico.  “La diferencia es que el adicto de clase baja está mal visto, es un yonki, mientras que el adicto de traje de chaqueta tiene buena consideración. Yo me crié en un entorno próspero y sano, no es una familia disfuncional ni desfavorecida. En el centro he compartido terapias y habitación con perfiles tan dispares como un médico, un empresario, un albañil o un tío que venía de Vallecas sin dientes por estar pinchándose heroína. Al final, somos todos lo mismo. Allí no hay policía, ni médico, ni delincuente: allí eres un adicto y el adicto lo es para toda la vida”, afirma. “La humildad es el primer paso para poder salir de la adicción”.

Al respecto, subraya la importancia del trabajo de crecimiento personal que hay que hacer día a día para mantenerse a flote, así como la necesidad de contar con una red de apoyo que te respalde y sostenga. “Hay que ser consciente de que tienes una enfermedad crónica, además de mental, y aprender a manejarla. Hay que interiorizar herramientas, desarrollar mucha humildad y reconocer que, en ciertos momentos, puedes estar equivocándote, porque tienes una enfermedad en la cabeza. Así es difícil cometer errores. En mi caso, tengo familia y amigos que han pasado por lo mismo, se han recuperado, y nos ayudamos entre nosotros. El adicto recuperado tiene que hacer de la recuperación su estilo de vida.

Algo bueno que le ha traído todo esto es haber sacado de su vida a personas que no merecían la pena.  “Cuando eres un adicto en activo, estás en el bar con cinco gramos, invitando a copas y a rayas… y todo el mundo quiere estar contigo.  Pero cuando te pones la etiqueta de ‘adicto recuperado’ y lo reconoces abiertamente, la gente no se sienta ni a tomar un café contigo. Hay mucha hipocresía en la sociedad”.

En este aspecto, considera que, a nivel público, no hay suficiente ayuda. “O tienes dinero o estás acabado. Todas las clínicas en las que estuve eran privadas y cuestan de 2.000 euros para arriba al mes”.

Álvaro no solo es el único Policía Nacional en España que cuenta su experiencia sin filtros, sino también un ejemplo de superación y el orgullo de sus padres. “No somos bichos raros; somos personas normales. Lo que pasa es que esta enfermedad saca lo peor de ti, es como un demonio. Por eso aposté por darle visibilidad. Hablo en mis redes sociales de mi adicción, de mi recuperación, de mis días buenos y de mis días malos”, señala.

Ahora se siente totalmente en paz. “Me pueden poner por delante lo que quieran, que no cambio mi vida de ahora por nada en el mundo. Soy muy feliz así y si volviera a nacer volvería a ser policía porque me encanta, institución de la que estaré eternamente agradecido por la oportunidad que me dieron para poder recuperarme”, sonríe. Álvaro demuestra así que reconocer una enfermedad, afrontarla y visibilizarla no solo es un acto de valentía, sino también un camino hacia la felicidad y a la realización personal.

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