El sol acompañó a Antequera durante toda la Semana Santa de 2026, y el Jueves Santo no fue la excepción. Con las calles ya rodadas por días de procesiones y el cuerpo acostumbrado al olor del incienso, la ciudad volvió a vaciarse de coches y llenarse de pasos. A las cinco de la tarde, la armadilla del Consuelo marcó el inicio de una noche larga, de dos cofradías y más de trescientos años de historia sobre los adoquines del centro.
La Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Consuelo, con sede en la Iglesia Parroquial de San Pedro desde 1701, y la Venerable Cofradía de Servitas de María Santísima de los Dolores Coronada, fundada en 1702 desde la Iglesia Conventual de Belén, protagonizaron una jornada que no cerró hasta pasadas las dos de la madrugada. Dos hermandades nacidas con apenas un año de diferencia, dos formas distintas de entender el Jueves Santo, y una ciudad que las recibió con las aceras llenas desde primera hora de la tarde.
El Consuelo, con plata nueva y madera recién tallada
La salida oficial del Consuelo desde San Pedro se produjo a las seis de la tarde, con Juan Jesús González Hidalgo al frente como Hermano Mayor. A partir de ese momento, el cortejo tomó Cruz Blanca y Lucena antes de adentrarse por Duranes, Santa Clara y la Plaza de San Francisco. Después llegaron Calzada, la Plaza de las Descalzas, Encarnación y la Plaza de San Sebastián, donde la cofradía hizo una de las paradas más esperadas de la noche. El regreso por San Agustín, Infante don Fernando, San Luis, Cantareros y Madre de Dios no terminó hasta bien pasada la una de la madrugada.
Este año, el trono de Nuestra Señora del Consuelo llegó a la calle con novedades que no pasaron desapercibidas para quienes conocen cada detalle del paso. La culminación del trono procesional —baquetón y hornacinas— completó un diseño de Javier Sánchez de los Reyes ejecutado por el tallista Manuel Toledano, cerrando así un proyecto que llevaba tiempo tomando forma y que esta noche se presentó ante los fieles en su versión definitiva.
A sus pies, una peana de plata de ley repujada y cincelada, también diseñada por Sánchez de los Reyes y realizada por Miguel Ángel Martín en Orfebrería Montenegro. El mismo taller firmó el juego de ocho ánforas repujadas y cinceladas que completaron la decoración del trono. Tres piezas de orfebrería que sumaron al paso una presencia plateada que se dejó notar especialmente al paso por la tribuna, cuando los focos golpearon de lleno sobre el metal trabajado.
El Hermano Mayor de Insignia de la Virgen, José Trillo Sánchez, acompañó el paso junto a los fieles que siguieron el recorrido calle por calle hasta el regreso a San Pedro. La Asociación Cultural y Musical Maestro Alfredo Martos de Linares, procedente de Linares, puso la música a la Virgen, mientras la Agrupación Musical La Soledad de Pozoblanco acompañó al Cristo de la Misericordia, cuyo Hermano Mayor de Insignia, Antonio Ángel Zamora López, encabezó el trono del Señor durante toda la procesión.
El peso de los Dolores, entre columnas y monte
Una hora después de la salida del Consuelo, desde la Plaza de Santiago arrancó la Cofradía de Servitas con Francisco González Rodríguez como Hermano Mayor. La Banda de Cornetas y Tambores Redención de Benalmádena tomó la delantera para el Señor Atado a la Columna y el Señor Caído, mientras la Asociación Musical Las Flores de Málaga escoltaba a Nuestra Señora de los Dolores Coronada en el tramo final del cortejo.
Los tres pasos llegaron a la calle con modificaciones que sus devotos llevan meses esperando. El trono del Señor Atado a la Columna, cuyo Hermano Mayor de Insignia es Juan Antonio Moreno Perea, recuperó la estructura metálica del antiguo trono del Señor Caído, al que se añadieron molduras doradas en oro fino, base de mármol rojo torcal y bordes negros, consiguiendo un resultado que actualiza la estética del paso sin romper con lo que siempre fue.
El trono del Señor Caído, acompañado por Juan Campaña Sánchez como Hermano Mayor de Insignia, estrenó a su vez estructura metálica para recuperar la imagen sobre el monte, junto a nuevas tulipas de cristal y dorado en oro fino en los remates de la cruz arbórea. Un trabajo que devuelve al paso una lectura más limpia del conjunto y que se agradeció especialmente en los tramos más iluminados del recorrido.
La Virgen de los Dolores Coronada, con Francisco José González Carbonero como Hermano Mayor de Insignia, cerró el cortejo con la novedad de mayor carga simbólica de la noche. Las palmizas de plata portaron por primera vez reliquias de la Madre Carmen, el Beato Enrique Vidaurreta y el Beato Tiburcio Arnais, tres nombres que conectan la imagen con una historia devocional que desborda los límites de Antequera.
El itinerario de los Servitas recorrió San Pedro, Madre de Dios, San Agustín, San Luis y Calzada antes de subir por la Carrera de Madre Carmen y bajar por la Vega hacia el encierro. Fue precisamente en ese último tramo donde los hermanacos de los Dolores cumplieron con una de las citas más antiguas del Jueves Santo antequerano: correr la vega, llevar los tronos a paso ligero cuesta arriba para que las imágenes bendijeran, como llevan haciendo desde el siglo XVI, los campos que rodean la ciudad.
Las cofradías del Consuelo y los Dolores llevan más de tres siglos alumbrando la ciudad. Una nació en 1701; la otra, un año después. Las dos han visto cambiar Antequera sin cambiar ellas demasiado en lo esencial: la imagen, el paso, los fieles que la acompañan y el silencio que se abre cuando el cortejo dobla una esquina. Y las dos comparten cada Jueves Santo la misma obligación: correr la vega. Subir corriendo con los tronos al hombro por las cuestas empinadas del barrio para que sus imágenes alcen la vista sobre la llanura y la bendigan, como se hacía cuando Antequera vivía de lo que el campo daba.
Esta noche, ambas cofradías volvieron a demostrar que la tradición no es algo que se conserva en una vitrina. Es algo que se saca a la calle, se lleva en andas y, cuando llega el momento, se corre.




