
Había tractores aparcados donde hoy cuelgan cuadros. Y una viga de madera monumental, silenciosa desde hacía décadas, presidiendo un espacio que se caía a pedazos. Macarena González llegó siendo joven, vio ese lugar y sintió algo que no supo explicar del todo hasta mucho después. «Fue como una iluminación», recuerda. «Como una especie de misión de vida, que esto no se perdiera.»
El Molino de las Pilas, en Teba, lleva en pie desde 1882. Fue construido con tecnología preindustrial —una prensa de viga y quintal— en el momento justo en que la Revolución Industrial dejaba ese tipo de maquinaria obsoleta. Nadie lo reformó, nadie lo modernizó. Quedó guardando aperos, animales y silencio durante generaciones. Y en ese silencio esperó a que alguien de la familia volviera a buscarlo.
Macarena nació en Madrid. Su familia materna es de Teba, pero como tantas familias del interior malagueño, emigró en busca de trabajo y la vida se fue construyendo lejos del pueblo. Ella estudió Bellas Artes, se especializó en restauración, y trabajó durante años en el mundo de los museos y la gestión cultural, con etapas en Barcelona, Berlín y otras ciudades. El molino existía en la memoria familiar como ese lugar del que se habla pero al que no se vuelve.
Hasta que volvió.
«Vi ese sitio y ese lugar tan increíble», cuenta. Lo que encontró era una ruina con alma: la prensa de viga y quintal, probablemente una de las más grandes de la provincia de Málaga y, según su criterio, la única que se conserva en su ubicación original. Un patrimonio que el tiempo había respetado casi por descuido.
Lo que vino después fue largo y complicado. Trámites administrativos, un proyecto de rehabilitación con una arquitecta antequerana que cosechó premios y un plan de empresa que permitiera costear la restauración sin destruir lo que se quería salvar. El molino abrió como hotel-restaurante y durante una temporada lo gestionó también un joven de Antequera. Luego llegó la crisis económica. El restaurante era demasiado grande para un hotel de seis habitaciones. El proyecto se frenó. Macarena siguió con su carrera profesional en Barcelona.
«Este sitio había sido de mi madre, de mi abuela, nunca pudieron decidir sobre lo suyo. Me voy para Teba, cogemos las riendas del molino»
Esa frase lo cambió todo. Madre e hija volvieron. Y esta vez para quedarse.
Seis habitaciones, una historia y trato de familia
El Molino de las Pilas funciona hoy como alojamiento rural con solo seis habitaciones. Cada habitación lleva el nombre de una variedad de aceituna —blanqueta, manzanilla, picual— y la decoración recoge objetos de la cultura del aceite: candiles, cestos, varas de varear convertidas en barras de cortina. «La gente que se aloja aquí casi es de la familia porque los cuidamos muchísimo», explica Macarena.
El patio del molino se convierte en verano en escenario de conciertos, recitales de poesía, espectáculos de tango. La programación es ecléctica y deliberada: que quien llega a pasar la noche se encuentre con algo que no esperaba.
Pero hay una línea de trabajo que Macarena considera tan importante como el alojamiento o la cultura: la pedagogía del territorio. Visitas guiadas a la almazara, explicaciones sobre el funcionamiento de las prensas, degustaciones de aceite, talleres sobre producción tradicional. «Hacemos muchísima pedagogía», dice. «Enseño a la gente todas las cosas maravillosas que tiene Teba.»
No colabora sola. El molino trabaja en red con emprendedores y emprendedoras locales para ofrecer servicios de comida por encargo, paquetes para grupos, encuentros temáticos. «Trabajamos muchísimo en cooperación con otras empresas, porque nos interesa mucho sumar con la gente del territorio», señala.
Ponte las Pilas
La iniciativa que ha dado más visibilidad al proyecto en los últimos años se llama Ponte las Pilas. Son encuentros de mujeres emprendedoras en el entorno rural, organizados desde el propio molino, con el objetivo de crear red, compartir experiencias y pensar juntas modelos de negocio que no pasen por la expansión a cualquier precio.
«Nos estamos especializando mucho en liderazgo femenino y emprendimiento femenino», explica Macarena. «Innovación turística y liderazgo innovador desde las mujeres emprendedoras desde lo rural.»
Ese trabajo fue reconocido por la Diputación de Málaga con el Premio Mujer Emprendedora, un reconocimiento que Macarena valora sobre todo por lo que trajo consigo: contactos, red, gente que está en las mismas cosas. «Estas cosas sirven para animarte a seguir», dice, «y sobre todo para conocer a gente maravillosa.»
Macarena insiste en que este modelo no es exclusivo de las mujeres. «Es una forma de entender la gestión que es transversal», dice. Lo que plantea es que desde un pueblo pequeño, con un molino rescatado del olvido, se puede generar algo con impacto real en la comarca.




