¿Quién no recuerda su primer Nenuco? Ese regalo que se convertía en una especie de dosis de realidad. Por primera vez, aquel sueño de ser mayor se materializaba, dando lugar a emociones que se despertaban como nunca antes. Nos pensábamos dueños de la fragilidad de otra vida y eso nos llenaba de alegría y de una responsabilidad inigualable para entonces.
Aquellos juguetes que nos acompañaron en la niñez evolucionaron con el paso de los años, adoptando un realismo difícil de superar. Las texturas, las formas, las expresiones e incluso las imperfecciones. Todo ello lo tienen los denominados bebés reborn, muñecas artesanales hechas de vinilo o silicona, creadas para ser hiperrealistas y parecerse a un bebé humano real.
Aunque el arte del reborning se popularizó en Estados Unidos a finales de los años 80 y principios de los 90, se cree que sus raíces se remontan a Alemania, tras la Segunda Guerra Mundial. En un contexto de escasez, muchas madres comenzaron a rehacer y redecorar las muñecas de sus hijas para darles una nueva vida. Con el tiempo, estas piezas fueron adquiriendo rasgos cada vez más humanos, capaces de generar vínculos emocionales con quienes las acogían como parte de su familia.
En Antequera, existe un pequeño taller donde este arte cobra forma cada día. Allí trabaja Cristina, artesana reborn, capaz de transformar un kit en blanco en un bebé de aspecto sorprendentemente real. Lo hace con sus propias manos, con paciencia, precisión y una dedicación que va mucho más allá de lo puramente estético.
Cristina habla con orgullo de su trabajo, pero también con la humildad de quien sabe que su oficio despierta curiosidad y, en ocasiones, incomprensión. Su historia con los bebés reborn comenzó de forma sencilla, casi casual. “Hace dos años mi hija quiso pedir un reborn a los Reyes Magos. Nos pusimos juntas a mirarlos y me enamoré de este mundo. Desde ese mismo momento tuve claro que yo quería hacer eso, crear bebés reborn”, recuerda.
Lo que empezó como una afición pronto se convirtió en algo más serio. El proceso no fue inmediato ni sencillo. Requirió formación, práctica y muchas horas de trabajo. Poco a poco, llegaron los primeros encargos y, con ellos, la confianza de quienes apostaban por su esfuerzo.
Cada bebé reborn comienza como una escultura en blanco, creada por artistas especializados y, en muchos casos, en ediciones limitadas. A partir de ahí, Cristina aplica alrededor de dieciséis capas de pintura para recrear la piel, las venas, los pliegues, las rojeces o pequeñas imperfecciones que hacen que cada pieza sea única. El pelo, pintado en 3D o injertado pelo a pelo según el encargo, es uno de los aspectos que más sorprende a quienes se acercan por primera vez a su taller.
El proceso completo puede llevar unas tres semanas, siempre respetando los tiempos necesarios para que cada fase quede bien asentada. “La fase que más paciencia requiere es el sellado final, un barniz que fija todo el trabajo y es muy complejo de aplicar. También el injerto de pestañas, porque es pelo a pelo”, señala. El resultado final suele provocar reacciones inesperadas. No es raro que alguien confunda uno de sus bebés con un recién nacido real. “Me ha pasado en la calle, en tiendas… la gente se acerca con total naturalidad”, cuenta entre risas.
Pero más allá del impacto visual que puedan generar, los bebés reborn tienen un componente emocional muy importante, lo que los diferencia de otro tipo de muñecas. “Mucha gente dice que no son muñecos, sino una experiencia de ternura”, explica. Entre sus clientes hay coleccionistas, niños y familias, pero también personas mayores o gente que atraviesa momentos delicados.
La artesana recuerda con especial cariño un encargo realizado para una comunión. “Un grupo de amigas quiso regalar un reborn recordando a una amiga que había fallecido joven. El bebé se creó pensando en ella, en su imagen, su nombre, su pelo… Desde el principio sentí que era un encargo con alma”. También ha trabajado con personas que han sufrido pérdidas o que atraviesan procesos personales complejos. “Otra historia fue la de una chica con problemas para quedarse embarazada que quiso un reborn para ayudarle a visualizar ese deseo, algo muy importante a nivel emocional”.
Cuando uno de sus bebés abandona el taller, Cristina reconoce que siempre queda algo de ella en cada creación. “ Hay bebés que cuando salen de mi casa siento que se va una parte de mí. A veces se me saltan las lágrimas al prepararlos para el envío. Es algo muy especial”. Ese vínculo es, para ella, una de las partes más bonitas de su trabajo.
Como todo arte, no está exento de controversia, y es que son muchos los que consideran abusivo su hiperrealismo, generando debate sobre si son un arte terapéutico para el duelo y la soledad, o una amenaza para la salud mental al difuminar la línea entre realidad y fantasía. “Entiendo que no todo el mundo lo comprenda, pero quien se acerca con respeto suele cambiar su percepción”, asegura Cristina. Para ella, lo importante es que se valore el proceso artesanal, el tiempo invertido y el uso de materiales originales, además del apoyo que suponen para muchas familias en momentos delicados.
“Mucha gente dice que no son muñecos, sino una experiencia de ternura. A muchos les recuerdan su etapa de crianza y, en personas mayores, tienen un poder terapéutico muy valioso”.
Ventas en el extranjero
La delicadeza, ternura y realismo del trabajo de esta vecina de Antequera ha llegado a distintos puntos de España e incluso al extranjero. “La acogida ha sido maravillosa, tanto en Antequera como en el resto de España. Incluso tengo clientes en Francia”, comenta con ilusión. De cara al futuro, la artesana quiere continuar formándose y perfeccionando técnicas, con la idea de seguir avanzando en el realismo de sus creaciones.
Cristina da forma a bebés que no lloran ni respiran, pero que despiertan emociones muy reales. Quienes se acercan por primera vez a este mundo suelen hacerlo movidos por la curiosidad; quienes se van, lo hacen con una experiencia distinta a la esperada. Porque los bebés reborn no se entienden solo mirándolos, sino conociendo las historias que los rodean.




