El Viernes Santo que Antequera no quería que terminara

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El cielo de Antequera llevaba toda la Semana Santa portándose bien, y el Viernes Santo no iba a ser la excepción. El sol volvió a instalarse sobre los tejados del casco histórico como si hubiera decidido quedarse hasta el final. Las calles olían a incienso y a primavera, y la ciudad, que conoce de sobra lo que es ver una procesión suspendida bajo la lluvia, no desperdició ni un minuto.

Tres cofradías tenían cita esa noche: la de Abajo, la de Arriba y la Soledad. Tres historias, tres templos, un mismo Viernes Santo que se fue consumiendo entre música, velas y el sonido sordo de los tronos sobre el adoquín.

La Cofradía de Abajo, primera en moverse

A las diecisiete y cuarto, la armadilla de la Pontificia, Real e Ilustre Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Paz marcaba el paso desde Santo Domingo. La cofradía, fundada en el primer cuarto del siglo XVI, salió cargada de novedades. El Niño Perdido estrenó restauración de túnica blanca a cargo de Antonio M. Moreno. El Cristo de la Buena Muerte lució un perizoma textil confeccionado íntegramente en el taller de costura de la propia hermandad. Y la Virgen de la Paz llegó con sus toldillas interiores del palio concluidas y su sistema de sujeción —el Santa Conserva— restaurado por completo. El cuerpo procesional incorporó además un nuevo sol de plata de la Orfebrería Montenegro.

La Banda de Cornetas y Tambores de la Fuensanta Coronada de Córdoba, la Agrupación Musical de Gracia de Archidona y la Banda Municipal Amantes de la Música de Campillos acompañaron respectivamente al Niño Perdido, al Nazareno y a la Virgen de la Paz en un recorrido que atravesó la Cuesta del Viento, Zapateros y el eje del Infante Don Fernando.

La Cofradía de Arriba, desde el Portichuelo

Media hora después, la Sacramental de San Salvador, Real e Ilustre Archicofradía de la Santa Cruz en Jerusalén, Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima del Socorro Coronada echó a andar desde la Plaza del Portichuelo. El Nazareno, fundada la cofradía en 1620, estrenó nuevos faroles de trono y coronas plateadas en las tulipas de sus candelabros. La noche reservaba también dos estrenos musicales: la marcha La mirada del Nazareno y Socorro Bendice Antequera, que sonaron por primera vez en las calles de la ciudad.

El Grupo de Regulares de Melilla nº52 escoltó la Cruz de Guía, confiriendo al cortejo ese sello militar que distingue a la Cofradía de Arriba desde hace décadas.

El encuentro y la carrera que Antequera lleva siglos esperando

Ya entrada A las veintidós veinte, la Plaza de San Sebastián fue el escenario del cruce entre la Virgen de la Paz y la Virgen del Socorro. Los tronos se encararon, las músicas se mezclaron por un instante y la ciudad contuvo la respiración. Después llegó lo que Antequera lleva esperando desde el siglo XVI.

Los hermanacos cargaron con los tronos a hombros y los subieron corriendo por las cuestas que conducen a sus templos: la Cofradía de Abajo hacia Santo Domingo, la Cofradía de Arriba hacia el Portichuelo. El esfuerzo es real, el peso también, y el cuadro que dejan —apoyados en sus horquillas, sudados, sin soltar— es de los que no necesitan explicación.

La Soledad cierra la noche

Desde la Iglesia del Carmen, con la sobriedad que la caracteriza, salió la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad Quinta Angustia y Santo Entierro. Bajo la hermana mayor, María José Sánchez Arias, los grupos musicales Lux Aeterna y Ars Sacra acompañaron el Santo Entierro y a la Virgen de la Soledad respectivamente por Cantareros, Infante Don Fernando y San Agustín. La cofradía regresó al Carmen pasadas las dos y media de la madrugada, dejando las calles en ese silencio que solo existe cuando una Semana Santa termina de verdad.

Antequera cerró el Viernes Santo con el cielo limpio, el olor a cera en los callejones y una semana entera de procesiones sin contratiempos. Los tronos ya duermen. Y la vega, bendecida otra vez.

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