
El sábado pasado, Javier Aguilar facturó las maletas en el aeropuerto de Dubái. Lo que debía ser el último trámite de unas vacaciones se convirtió, en cuestión de horas, en el principio de una espera sin fecha de fin. Las pantallas del aeropuerto empezaron a llenarse de cancelaciones. Fuera, el espacio aéreo del Golfo se cerraba por los bombardeos sobre Irán y las represalias que siguieron.
Desde Valle de Abdalajís, un pueblo de poco más de dos mil vecinos, la familia Aguilar llevaba semanas preparando ese viaje. Hoy, Javier, su madre y su hermano, junto con otros familiares, llevan varios días instalados en un hotel de Dubái pagado por Emirates, en compañía de otras dos familias con las que han decidido agruparse para atravesar juntos la espera.
«El consulado no contesta»
La primera llamada fue al consulado. Después llegaron los correos. Ninguno obtuvo respuesta. «Hemos llamado, no nos cogen, hemos mandado correos y como que no los reciben, se nos reenvían», relata Javier. La sensación de desamparo se suma a la incertidumbre sobre el regreso: nadie les ha informado de un vuelo de repatriación, ni de una ruta alternativa, ni de un plazo orientativo.
Javier no es el único en esa situación. Un total de 41 malagueños no pueden volver a sus casas por el cierre del espacio aéreo. En Emiratos Árabes Unidos se concentra la mayoría de los afectados, aunque hay residentes españoles repartidos por distintos puntos del Golfo que viven el conflicto desde dentro, algunos de ellos trasladados recientemente por trabajo.
Una noche de truenos que no eran truenos
El primer día fue el más tenso. Las alertas llegaron a los teléfonos móviles con la instrucción de permanecer en los hoteles y salir solo cuando fuera necesario. Por la noche, varios de los viajeros escucharon lo que describieron como un trueno fuerte, sostenido. «En algunos sitios nos han comentado que llegaron a retumbar los cristales de la habitación», cuenta Javier. Eran misiles interceptados.
Desde entonces, sin embargo, la ciudad ha recuperado una calma que resulta difícil de explicar a quienes siguen la situación desde España. Las calles no muestran presencia militar ni policial. Los centros comerciales funcionan. La gente pasea. «Creo que hay más alarmismo fuera que aquí. Estamos atentos, pero tranquilos. Dubái es uno de los países más seguros del mundo».
Cuando Emirates les ofreció alojamiento, cada familia fue asignada a un establecimiento distinto según el vuelo que había reservado. Javier y los suyos decidieron no quedarse en ese reparto. «Hemos decidido abandonarlo porque nos gustaría estar todos juntos», explica. Las tres familias que se conocen entre sí trasladaron sus pertenencias al mismo hotel para afrontar la espera de forma conjunta.
El bucle de los vuelos cancelados
Emirates cancela. Los pasajeros buscan el siguiente vuelo disponible. Lo reservan. Emirates vuelve a cancelar. El ciclo se ha repetido ya dos veces para la familia Aguilar. La aerolínea gestiona los cambios sin coste adicional, pero la fecha de regreso se aleja con cada nueva cancelación.
«Una vez que nos lo cancelan, volvemos a mirar y reservar otro vuelo diferente», describe Javier con una resignación que no llega a sonar a queja. El problema no es la aerolínea: es que el espacio aéreo sigue cerrado y nadie sabe cuándo volverá a abrirse.
Las maletas, mientras tanto, siguen en el aeropuerto. Javier lo menciona casi de pasada, como si fuera el menor de los problemas, que en el fondo lo es. «Hemos intentado llamar a la compañía pero están las líneas saturadas. Ahora mismo eso es lo que menos nos preocupa».
Cada día hay videollamada. Los familiares en Valle de Abdalajís y en el resto de la provincia siguen la situación en tiempo real, entre las noticias que llegan de la zona y las palabras de quienes están allí. «Hablamos a diario con ellos. Están tranquilos porque les transmitimos también cierta tranquilidad »




