
Una fotografía olvidada en un cajón, una escritura, un abuelo que todavía recuerda cómo se llamaba cada estancia del cortijo. Con ese material, frágil y disperso, trabaja Corriente Rural en los campos del Guadalteba.
La empresa de gestión cultural ha puesto en marcha el proyecto «Cortijos, Lagares y Casas de labor del Guadalteba», una investigación para localizar, documentar y analizar el patrimonio rural de la comarca antes de que desaparezca junto a la memoria de quienes lo habitaron. El estudio arranca en Carratraca y su primera fase durará aproximadamente tres años y medio, según explica su responsable, Inma Rivas.
El trabajo se centra en las construcciones que sostuvieron la economía de los pueblos: cortijos, casas de labor, lagares, molinos, eras, corrales, pozos y aljibes. Un patrimonio que ha quedado durante mucho tiempo fuera de los grandes relatos patrimoniales.
En el origen del proyecto está la preocupación por la pérdida de población y, con ella, de relatos, tradiciones y formas de vida. «Cuando desaparecen, no solo cambia quién vive en un pueblo: cambia también cómo se reconoce a sí mismo», advierte Inma.
Durante décadas, el patrimonio se ha asociado a iglesias, castillos y palacios. Corriente Rural reivindica otro, más cotidiano y aparentemente humilde, que también cuenta la historia de la comarca.
«Un cortijo puede no tener una arquitectura monumental y, sin embargo, contener una cantidad extraordinaria de información histórica, económica, social y etnográfica». El olvido se explica por la propia cercanía. Aquellas construcciones eran tan habituales para padres y abuelos que nadie pensó en conservarlas y, cuando dejaron de ser útiles, muchas se abandonaron.
El cortijo funcionaba como una pequeña unidad productiva en la que vivienda, almacén, establo y lugar de trabajo formaban un mismo conjunto, con jornadas que empezaban muy temprano y se ajustaban a las estaciones y los animales. «Aquello que considerábamos cotidiano era y es, en realidad, extraordinario.»
El vaciado de estos edificios responde a la transformación del mundo rural: la mecanización, las malas cosechas, la concentración de servicios en las ciudades y los bajos precios pagados a agricultores y ganaderos. Tras el abandono quedan tierras y cortijos que cuesta mantener y que acaban arrendándose o vendiéndose a precios simbólicos.
La memoria oral, lo que más urge salvar
Un edificio puede fotografiarse, medirse o dibujarse. Una memoria, no. Por eso el proyecto recoge testimonios, palabras en desuso, nombres de parajes, recetas, canciones y supersticiones.
«Cuando desaparece una persona que conoce cómo funcionaba aquel lugar, cómo se llamaban sus estancias o qué palabras utilizaban sus habitantes, hay una parte de la historia que desaparece para siempre», advierte Inma Rivas.
Algunos relatos son de una dureza extrema. Rivas recuerda el de una mujer que enviudó dos veces y quedó sola al frente de 10 hijos en una pequeña choza. Recogía palmito y tagarninas y hacía cisco para venderlo en el pueblo, a dos horas de camino. Un día la choza se incendió y murió uno de sus hijos.
En Carratraca, el propietario del Cortijo de los Balazos lo perdió en una partida cuando el juego estaba prohibido y tuvo un final trágico esa misma noche.
«Historias como estas y peores hay muchísimas: familias que se comían hasta las raíces de las plantas por no tener más que comer», relata Inma Rivas.
Para conservar esa memoria colectiva, Inma reclama mecanismos administrativos más ágiles para los bienes con valores patrimoniales acreditados o en riesgo de pérdida, y respuestas claras y plazos razonables para los propietarios de viviendas en entornos BIC.
«No se trata de rebajar los controles ni las garantías: se trata de que la protección llegue a tiempo y de que quienes conservan estos bienes no queden abandonados ante una Administración lenta y fragmentada», defiende.




