
“Si mi problema es de dientes, ¿por qué tengo que ir al logopeda?”. O incluso: “Pero si yo hablo bien, ¿qué tiene que ver la logopedia con mi ortodoncia?”.
Son preguntas bastante habituales. Y la respuesta parte de una idea sencilla: la función influye en la forma.
Nuestra boca no es un conjunto de estructuras aisladas. Dientes, lengua, labios, mandíbula, paladar y musculatura trabajan de forma coordinada cada vez que respiramos, masticamos, tragamos o hablamos. Y son acciones que repetimos constantemente a lo largo del día.
Por ejemplo, la posición de la lengua importa. Si permanece habitualmente en una posición inadecuada o ejerce presión sobre los dientes al tragar, esa fuerza repetida puede influir sobre la mordida, la posición dental o si la lengua permanece todo el tiempo baja, puede influir en el desarrollo de las estructuras orales como un paladar estrecho.
Algo parecido ocurre con la respiración. Lo habitual es respirar principalmente por la nariz, pero algunas personas mantienen la boca abierta y respiran de forma oral. Detrás puede haber diferentes causas: una dificultad para el paso del aire, unas amígdalas o adenoides aumentadas de tamaño, alteraciones nasales o incluso un patrón que continúa una vez resuelta la causa inicial.
Cuando la forma de respirar, masticar o tragar no es funcional, puede alterarse el equilibrio de fuerzas de las estructuras orofaciales.
Y aquí empieza a entenderse por qué un dentista u ortodoncista puede derivarnos al logopeda.
Ortodoncia y logopedia: estructura y función
Un tratamiento de ortodoncia puede modificar la posición de los dientes o corregir determinadas alteraciones de la mordida. Pero si continúa el patrón que está ejerciendo presión sobre esas estructuras —una posición inadecuada de la lengua, una deglución disfuncional o una respiración oral mantenida— también es importante intervenir sobre la función.
Dentro de la logopedia existe un área denominada terapia miofuncional orofacial, desde la que se valoran funciones como la respiración, la masticación y la deglución, además de la posición de la lengua y los labios en reposo.
No se trata simplemente de “hacer ejercicios con la lengua”. El logopeda observa cómo funciona todo el sistema orofacial y, según las necesidades de cada persona, puede trabajar la respiración nasal, el sellado de los labios, la movilidad y coordinación de la musculatura, la posición de reposo de la lengua o un patrón de deglución más funcional.
Trabajar juntos es fundamental
En muchos casos, la logopedia no puede ni debe trabajar de manera aislada.
Si una persona respira por la boca porque existe una obstrucción de la vía aérea, no tendría sentido enseñarle simplemente a mantener la boca cerrada. Primero hay que saber por qué no puede respirar correctamente por la nariz. Ahí resulta fundamental la valoración del otorrinolaringólogo.
El odontólogo u ortodoncista, por su parte, estudia la mordida, los dientes y las estructuras maxilares, mientras que el logopeda analiza fundamentalmente cómo están funcionando esas estructuras.
Pero la relación puede ir todavía más allá de la boca.
Cuando existe alguna dificultad pueden aparecer compensaciones posturales o musculares como adelantar la cabeza para facilitar la entrada del aire. Por ello, en algunos casos también puede ser necesaria la colaboración de fisioterapeutas y, cuando existe un patrón postural más global que requiere valoración, de otros profesionales como el podólogo.
Esto no significa que todas las personas necesiten pasar por todos estos especialistas. Precisamente el objetivo del trabajo interdisciplinar es que cada profesional valore su área y que, cuando sea necesario, exista coordinación entre ellos.
Porque forma y función se influyen mutuamente.
¿Te ocurre a ti o a tu hijo/a?
A veces normalizamos determinados comportamientos porque “siempre ha respirado así” o “siempre ha comido de esa manera”. Sin embargo, algunos signos pueden indicarnos que sería conveniente realizar una valoración:
- Respira habitualmente por la boca.
- Duerme con la boca abierta o ronca con frecuencia.
- Mantiene los labios entreabiertos durante gran parte del día.
- Coloca la lengua entre los dientes o los empuja al tragar.
- Hace demasiados movimientos con los labios, la mandíbula o la cara para tragar.
- Tiene dificultades para masticar determinados alimentos.
- Necesita beber frecuentemente para ayudarse a tragar.
- Presenta alteraciones de la mordida junto con una posición o movimiento inadecuado de la lengua.
- Después de un tratamiento de ortodoncia, algunos cambios tienden a reaparecer.
- Le cuesta mantener una respiración nasal cómoda.
La presencia de alguno de estos signos no significa necesariamente que exista una alteración, pero sí puede ser una buena razón para valorar qué está ocurriendo.
Así que, si alguna vez el dentista te dice: “Sería conveniente que te valorara un logopeda”, quizá ahora la recomendación tenga un poco más de sentido.
Porque no se trata únicamente de colocar bien los dientes. Se trata de conseguir que lengua, labios, mandíbula, respiración, masticación y deglución trabajen de la forma más equilibrada y funcional posible.
Y para conseguirlo, muchas veces la mejor herramienta es algo tan sencillo —y tan importante— como que los profesionales trabajemos juntos.
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