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Aquel domingo por la tarde yo solo pretendía ver una película de superhéroes, cualquiera, el superhéroe me daba igual. Abrí la puerta y me dirigí escaleras abajo. Pero aquella tarde no vería ninguna película… Al llegar al rellano del primero me encontré con Amalia, una vecina de unos sesenta años a la que apenas conocía. La saludé sin detenerme y sin apenas mirarla. Pero aún no había llegado al bajo cuando escuché un golpe seco: Amalia acababa de dar con su maltrecho cuerpo contra las baldosas del piso.

Me volví corriendo escalones arriba y me dispuse a ayudarla, incluso me ofrecí para llevarla al hospital. Pero Amalia se negó. «No puedo dejarlo solo por más tiempo», me dijo. Yo la miré sin entender nada. «Además, estoy bien», argumentó. Pero no lo estaba, y ella lo sabía. Lo que yo no sabía era que Amalia, además de esposa, madre, mujer trabajadora y ama de casa, ejercía también como enfermera… Desde aquella tarde es mi heroína. Aunque no lleve capa, ni máscara. Los héroes de verdad no necesitan disfraz.

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