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Apenas eran unos niños. Aún jugaban a cosas de niños en los recreos de aquel colegio de inolvidable recuerdo, en aquellas mañanas de uniforme escolar, pelo corto por imposición (ellos) y coleta alta (ellas). Apenas eran unos niños cuando aprendieron que hay miradas que aceleran el pulso, sonrisas que cambian una vida, roces de manos que hacen estremecer la piel y besos que hacen temblar el alma.

Poco después aprenderían que hay familias y familias, clases y clases… No tardaron mucho en comprobar que su amor no bastaría. Mucho después comprenderían que los sentimientos tampoco entienden de familias, de clases… La vida los había llevado por derroteros demasiados alejados entre sí, tanto que que no se volvieron a ver en décadas.

Pero aquella noche de pactos (de esos que luego nos afectan a todos), cócteles de celebración y gotas de rocío temblando en las rosas al amanecer, el barman y la embajadora retrocedieron a los recreos de besos a escondidas, a las caricias con manos trémulas… Solo fue una hora, suficiente para desnudarse por fuera… y por dentro.

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