Dicen que cuando Eva mordió la manzana y Dios la expulsó, junto a su compañero Adán, del Paraíso, castigó a ambos al trabajo: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente” les dijo. Pero la cosa tuvo unos daños colaterales de los que se oye muy poco hablar: el pudor. Sí. Adán y Eva vivían felices y desnudos en el Jardín del Edén, y sólo cuando recibieron el castigo divino se miraron y se sintieron avergonzados de sus cuerpos.

Por suerte, con el paso de los siglos, cada día más gente olvida su pudor y se bañan desnudos en las playas llamadas nudistas. Es una práctica sana y natural que sólo requiere un cambio de chip mental. No conozco a nadie que después de probar su práctica no haya repetido. ¿Hay alguna manera más sana de sentirse integrado en la naturaleza que bañarse desnudo en el mar?

Hay muchos psicólogos que recomiendan su práctica como terapia contra el estrés ya que, según dicen, favorece la autoestima elevando la aceptación personal. Porque en el chiringuito de una playa nudista cada uno es quién es. No hay médicos, abogados ni señores diputados, sólo personas que aceptan su cuerpo tal como es, sin hacer caso a estereotipos culturales con los que nos bombardea a diario la publicidad. Porque la ropa siempre dice mucho de sus dueños, de su situación económica y social, es la forma más eficiente de decir cada uno quién y cómo es. Aquí sólo queda el recurso del piercing o el tatuaje que lejos de reflejar el estatus de una persona, lo hace más de su personalidad o nivel cultural o, en el peor de los casos, el grado de hortera que posee quien decidiera hacérselo. En España practican el nudismo unos dos millones de personas y el turismo naturista mueve cada año a más de veinte millones de personas en Europa. Estar y mostrarse desnudo en público tiene, según los defensores de esta práctica, hasta 205 efectos beneficiosos sobre nuestra salud física, psicológica, social o sexual.

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