Cruzando fronteras

Por Paco Sánchez

Casi tres meses después recibimos la ansiada noticia: ya podíamos volver a cruzar la frontera. Nunca antes una frontera había despertado tantos deseos de ser cruzada. En aquella ocasión, la frontera separaba a familias que vivían a escasos kilómetros. Aquella línea invisible hacía ya más de ochenta días que les negaba un abrazo, una mirada, una sonrisa compartida, un beso… Solo era una frontera interprovincial, pero el miedo a aquella pandemia y las medidas sanitarias extraordinarias adoptadas para combatir al “enemigo” la habían convertido en infranqueable. Pero, como dice el refrán, “no hay bien que cien años dure ni mal que lo resista”. Casi noventa días después podíamos volver a cruzar aquellas fronteras. Pero no solo podíamos cruzar la invisible línea que nos separaba de la provincia colindante, también cruzaríamos la frontera que separaba la desconfianza de la esperanza, el desánimo de la ilusión, la soledad de la compañía… Aquellos ansiados encuentros harían que el tortuoso camino hacia la meta se hiciera más llevadero, especialmente para aquellos que llevaban en sus alforjas la pesada carga de la soledad.

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