
Hay heridas que el tiempo, en su implacable discurrir, se niega a suturar. Cuatro décadas representan, en la escala de una vida humana, un abismo insondable; sin embargo, en la topografía del dolor y la memoria colectiva, cuarenta años pueden comprimirse en un solo instante. El 28 de junio de 1986, el reloj de la historia se detuvo de forma abrupta para Francisco Muriel Muñoz en un arcén de la provincia de Guipúzcoa. Hoy, el recuerdo de aquel fogonazo sigue proyectando una larga sombra sobre la piedra y el sentir de su tierra natal.
Francisco apenas sumaba treinta años cuando la barbarie interrumpió su biografía. Había ingresado en la Guardia Civil en 1979 y, tras años de servicio, se unió a la primera línea: el Grupo de Acción Rápida (GAR), una unidad de élite erigida como muro de contención en los territorios más hostiles y oscuros de la España de los ochenta. Aquella mañana de junio, hacia las 8:30 horas, la cotidianidad de un servicio por la carretera de Meagas saltó por los aires. Un artefacto explosivo, detonado a distancia desde un talud de la vía, segó su vida de forma instantánea. Francisco se convertía así en la primera baja mortal del GAR a manos del terrorismo de ETA, marcando un amargo punto de inflexión en la historia del cuerpo.
Pero la tragedia, en aquellos años de plomo, rara vez se conjugaba en singular. La onda expansiva de aquel fatídico día alcanzó a otros seis guardias civiles que viajaban con él, dejando a su paso un reguero de secuelas imborrables. El caso de José Carlos Marrero Sanabria es, quizá, el corolario más cruel de aquel ensañamiento: sobrevivió a la explosión, pero las gravísimas lesiones cerebrales lo condenaron a un laberinto psiquiátrico del que solo encontraría salida con su fallecimiento, casi dos años después.
Este sábado, bajo el peso insoslayable de la efeméride, el cementerio municipal San Antonio de Archidona, donde reposan los restos de Muriel, se transmutó en un altar de sobriedad y recogimiento. No fue un acto de mero trámite. La presencia de familiares, de los amigos que lo vieron crecer y de los veteranos que compartieron con él la tensión del norte, dotó al encuentro de una solemnidad casi litúrgica. Fue allí, frente a su sepultura, donde se palpó la vigencia de una cicatriz compartida, una herida que sigue doliendo de forma profunda en la sensibilidad de todo un municipio.
El lema que distingue a su unidad —«Nunca caerás en el olvido. Siempre GAR»— resonó después frente a la casa cuartel durante la ofrenda floral. Pronunciado por antiguos miembros de la unidad, el lema no operó como un mero lema castrense, sino como un juramento atávico. Un pacto tácito contra la amnesia. Porque recordar a Francisco Muriel cuarenta años después no es únicamente un ejercicio de estricta justicia histórica; es la afirmación rotunda de que, frente a la voluntad destructiva del terror, la dignidad de la memoria humana permanece, obstinadamente, inalterable.




