Yo estaba en el suelo, maltrecho e inmóvil. Acababa de caer desde una altura considerable, y tenía innumerables fracturas. Mi vida corría serio peligro, aunque no por los huesos rotos, sino por aquel rótulo que estaba a punto de caer sobre mí. No recuerdo experimentar ningún dolor, quizá porque mis pocas energías eran absorbidas por el miedo a morir decapitado. Sin embargo, recuerdo con total nitidez mi propio grito, aquel desgarrado lamento que escapó de mi garganta apenas mi cuerpo impactó contra el suelo.

Recuerdo que se acercaron varios hombres. Todos querían saber si estaba bien, pero yo solo quería decirles que el rótulo estaba a punto de caer, cercenándome el cuello. No podía moverme ni articular palabra, pero entonces apareció ella… Desde mi posición, solo pude ver sus piernas de mujer. Se agachó ligeramente, me agarró con sus manos por los tobillos y tiró de mí, arrastrándome fuera de la zona de peligro. Luego se alejó en silencio. No me habló, ni me mostró su rostro. Quizá lo soñé. Quizá los ángeles no tienen rostro.

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